Estrabón dice de ellas:
“…
Las mujeres trabajan la tierra y paren en el mismo campo, bajo un árbol
y luego siguen trabajando…”; “… El esposo es el que dota a la mujer y
son la hijas quienes heredan y eligen las esposas para sus hermanos…” Y añade: “… tales costumbres apuntan a una ginecocracia que no puede llamarse civilizada…”
Pese a las palabras del cronista heleno no se puede catalogar la organización social ibérica como una ginecocracia en el sentido estricto del término. Sin embargo se ha apuntado a la posibilidad de que las mujeres iberas fueran efectivamente las transmisoras del prestigio familiar e incluso de la dote. Las ricamente engalanadas damas ibéricas apuntan a esta posibilidad.
Pese a las palabras del cronista heleno no se puede catalogar la organización social ibérica como una ginecocracia en el sentido estricto del término. Sin embargo se ha apuntado a la posibilidad de que las mujeres iberas fueran efectivamente las transmisoras del prestigio familiar e incluso de la dote. Las ricamente engalanadas damas ibéricas apuntan a esta posibilidad.
A la hora de reconstruir el ciclo vital de la mujer ibera hemos de establecer una distinción entre las distintas clases sociales. Lo cierto es que la mayoría de las mujeres íberas
trabajaban junto con el hombre en el cuidado del campo y del ganado,
como dice Estrabón “pare en el campo y sigue trabajando” y en muchas
ocasiones se hace cargo por completo del campo, de los animales y de los
hijos, pues la sociedad íbera era muy belicosa y eran frecuentes los
enfrentamientos entre distintos pueblos íberos. Quizá, las frecuentes
guerras favorecen la importancia social de la mujer, que vela por la
familia y el poblado mientras el hombre está combatiendo, por esta razón
tenía un papel bastante reconocido.
El matrimono resultaría un momento clave en la vida de la mujer ibera en tanto que constituía un verdadero rito de paso de la infancia a la edad adulta.
El matrimono resultaría un momento clave en la vida de la mujer ibera en tanto que constituía un verdadero rito de paso de la infancia a la edad adulta.
Incluso se ha apuntado a la posibilidad de que la mujer ibera participara en la guerra en
algunas ocasiones, se cita su actuación “heroica” durante las guerras
contra los púnicos (Samatis) y contra los romanos (Sagunto, Astaza,
Iliturgis…).
A pesar de la dependencia del padre y del
marido, la mujer íbera podía conservar, administrar y trasmitir su
dote. El historiador romano Salustio
nos dice que escogían a su esposo entre los guerreros más destacados.
Las mujeres eran empresarias, decidían en la casa, llevaban el negocio,
traspasaban su linaje a sus descendientes y ocupaban todos los cargos
del Gobierno en los llamados “consejos de mujeres”.
La vida de las mujeres
dependía mucho de su estatus social, lo que parece evidente es la
participación de la mujer en muchas tareas cotidianas que ayudaban al
sustento de la comunidad, podríamos decir que la vida de una mujer libre
que no perteneciera a una clase acomodada era bastante dura:
confeccionar los tejidos de la familia y la artesanía, contribuir al
trabajo agrícola, cuidado del ganado, recolección de frutos silvestres,
etc. Por otra parte las mujeres realizaron trabajos de comadronas y
cuidadoras de enfermos, por lo que debieron de tener conocimientos sobre
hierbas y tratamientos terapéuticos.
La mujer íbera estaba bajo la autoridad paterna, primero bajo la del padre y luego bajo la del marido, sin embargo la mujer era transmisora de status y daba, por ella misma, prestigio al hombre, constatamos este hecho en los matrimonios de Asdrúbal y de Aníbal que se casaron con princesas ibéricas.
La mujer en el mundo ibérico contribuyó a crear y fortalecer vínculos diplomáticos,
Himilce (la princesa íbera de la que poco sabemos, quizá nacida en
Cástulo) que se casó con Aníbal (el cartaginés que completó la conquista
de la Península Ibérica iniciada por su padre
y el general que puso de rodillas a Roma y sus legiones) para sellar
una alianza entre ambos pueblos, el íbero y el cartaginés, contra Roma.
Cuando Aníbal tuvo a punto la invasión
de Italia atravesando los Alpes, embarcó a su familia en el puerto de
Cádiz rumbo a Cartago, buscando su seguridad.
La despedida de Himilce de
su marido nos la relata Silio Itálico de la siguiente manera:
“¿A mí me impides acompañarte,
olvidado de que mi vida depende de la tuya? ¿En tan poco estimaré el
matrimonio y la cesión de mi virginidad, como para fallarte en subir
contigo montañas? ¡Confía en la hombría femenina! No hay fuerza que supere al amor conyugal.
Pero si sólo soy juzgada por mi sexo, y has resuelto despedirme, me avengo y no interpongo demora al destino. Que la divinidad te asista, hago votos. Marcha con buen pie, marcha con el favor de los dioses y conforme a tus deseos, y en la batalla, en el sangriento combate, acuérdate de mantener vivo el recuerdo de tu esposa y de tu hijo.”
Pero si sólo soy juzgada por mi sexo, y has resuelto despedirme, me avengo y no interpongo demora al destino. Que la divinidad te asista, hago votos. Marcha con buen pie, marcha con el favor de los dioses y conforme a tus deseos, y en la batalla, en el sangriento combate, acuérdate de mantener vivo el recuerdo de tu esposa y de tu hijo.”
(Púnicas III 109-127)
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