Las esculturas han sido sin duda las piezas
que más interés e interpretaciones han suscitado. La gran cantidad de tallas
recuperadas así como su espectacularidad, despertó desde los momentos
inmediatos a las primeras apariciones un gran interés. Las ofrendas que se depositaron en el
Santuario responden a dos tipos de exvotos: de piedra y de bronce. Los exvotos
de piedra estudiados representan 392 figuras humanas (E. RUANO, 1987) y 19 animales
(Jiménez Navarro, 1942) además de once exvotos de bronce, (M. RUÍZ, 1989, 163)[1].
En lo que se refiere a los aspectos técnicos
toda la estatuaria de piedra del Cerro está realizada sobre piedra arenisca de
probable origen local, color blanquecino-amarillento y grano muy suelto, lo que
si bien facilitó su talla favoreció también su erosión. Su origen xoánico está
ampliamente aceptado; “las huellas dejadas por los instrumentos de labra en la
piedra y las reminiscencias de la forma prismática del bloque pétreo de muchos
de los ejemplares avalan la teoría de un primer estadio en el que las obras se
realizarían sobre madera”. (Sánchez Gómez, 2002, 85)
Fig.4 Exvotos expuesto en el MAN (con la Gran Dama Oferente
en primer plano) y detalle de tocados femeninos.
Las esculturas han
sido entendidas desde los primeros momentos como exvotos: ofrendas a la
divinidad protectora del lugar que tendrían como significado último el deseo de
curación. Una de las cuestiones más polémicas es la de a quién representan.
Actualmente se tiende a pensar que son representaciones de los propios fieles
(como ya apuntaron Heuzey o Mélida) pero numerosos investigadores han creído
ver en ciertas esculturas representaciones de divinidades, en particular en las
tallas femeninas sedentes (Ruano, Griñó…), o también de sacerdotes y
magistrados (Lasalde, Rada, Chapa…).
Desde el punto de vista iconográfico por un
lado encontramos figuras femeninas que se diferencian a su vez en oferentes
estantes, sedentes y cabezas aisladas, mientras que dentro de las figuras
masculinas la tipología se amplía: oferentes estantes, cabezas aisladas,
togados y personajes velados. Todas tienen en común la convivencia de una
relativa sencillez compositiva (que en el momento de su descubrimiento les
valió el calificativo de “primitivas”) con la proliferación de detalles
ornamentales.
Pese a la gran cantidad de exvotos
recuperados, éstos tienen una cierta uniformidad tipológica que les otorga un
indiscutible “aire de escuela”, por lo que muchos autores han considerado el
conjunto fruto de un taller escultórico vinculado al santuario.
El arte íbero se califica como un fenómeno
híbrido y ecléctico en cuyo surgimiento se contemplan tres factores
fundamentales: la influencia tecnológica del elemento griego, un sustrato
indígena muy desarrollado y la influencia oriental, presente en la génesis del
propio mundo ibérico a través de los contactos fenicios con ambientes
tartésicos. (Sánches Gómez, 2002, 86)
En lo referente a la cronología las obras más
antiguas no deben llevarse más allá del s. IV a.C., momento en que se asistió a
una renovación de las formas artísticas, desapareciendo prácticamente la
escultura monumental de las necrópolis para trasladarse a los santuarios. El
momento de mayor auge tuvo lugar entre los s.III-II a.C. a tenor del predominio
de esculturas, especialmente masculinas, que nos remiten a ambientes
helenísticos.
La larga vida del santuario ha sido aceptada
desde antiguo, como atestigua la perduración escultórica hasta el s. I d.C. No
hablamos de romanización sino más bien de la existencia de una población con un
sustrato cultural suficientemente desarrollado como para hacer frente, y
asimilar al mismo tiempo, la temprana llegada de influencias foráneas. Serían
las oligarquías locales quienes adoptasen primero la nueva iconografía,
deseosas de emparentar con la clase dominante recién llegada. Los talleres del Cerro irían adquiriendo
paulatinamente los modos de hacer romanos, si bien el “germen” del arte
indígena perviviría en las tallas del lugar hasta el fin de sus días.
Del mismo modo que hoy sabemos que resulta
estéril pretender una comparación lineal entre el arte íbero y el griego somos
conscientes de la propia personalidad del arte ibérico con respecto a sus
supuestas fuentes de inspiración y sabemos que no hubo en él una evolución
artística paralela a la mayor complejización social: las formas de convirtieron
en estereotipos en la P. Ibérica y se mantuvieron invariables durante largos
periodos, lo que implica la imposibilidad de obtener una seriación estilística
que date las obras. (Olmos, 1993)
Todas
las piezas, salvo la excepción de una pareja, son independientes entre sí, y al
igual que las depositadas en el interior de las tumbas o en otros santuarios,
no están unidas a elementos arquitectónicos y su formato y configuración, aún
en el caso de las piezas de mayor tamaño, permitía su desplazamiento,
transporte o movilidad. Es decir su autonomía. Las cifras de representaciones
individuales alcanzan con seguridad a 93 esculturas femeninas y 124 masculinas;
números que pueden ser enriquecidos y, de momento, dan prioridad a la representación
del sexo masculino si bien las figuras femeninas son las que muestran con mayor
vehemencia la riqueza de su estamento.
En efecto el análisis pormenorizado de las
esculturas, el examen de su indumentaria, peinados, vestidos y joyas, permiten
sugerir que los exvotos de este Santuario no reflejan fieles indiscriminados;
bien al contrario, en las distintas actitudes y en el atuendo, insisten en
personas privilegiadas hombres y mujeres de la élite social[2].
Al numeroso grupo de esculturas humanas de
piedra, habría que añadir las representaciones de animales; 10 figuras de
équidos, 7 bóvidos y 1 cáprido, realizadas en piedras blandas; 19 ejemplares si
añadimos la pequeña cabeza de león antes eludida (Fig. 11), cuyas
características formales nos lleva a compararla con los leones encontrados en
la necrópolis de El Cigarralejo, de muy alta cronología, pues estaban
reutilizadas en tumbas fechadas en el año 375 a. C.
De los 11 exvotos de bronce, sólo 3 proceden
con certeza del Santuario. Las figuras representan 9 hombres y 2 mujeres en
diversas actitudes ante la divinidad. Tanto el pequeño número de piezas como el
análisis pormenorizado de las mismas, lleva a la doctora RUÍZ a considerarlas
procedentes de santuarios andaluces
[1]
Hemos de tener en cuenta que debido a
la pérdida de información, causada en buena medida por la atribulada historia
del yacimiento, el número total de ofrendas realizadas es susceptible de ser
alterado a la luz de nuevos descubrimientos.
[2]
En los últimos momentos de la vida del
Santuario, las ofrendas de esculturas humanas se hacen todavía más expresivas y
acusan la importancia de los fieles que lo visitan. Una cabeza, posible
retrato, y los togados que ofrendan la escultura con su propio nombre, Lucio
Licinii, el togado que representa a los Bastulanos, según se lee en la
inscripción que existe en este tronco.
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